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DE SANTA FE A PARANA: Más que un viaje en bondi

LES DEJO UNA CRONICA QUE REALICÉ PARA EL AMBITO ACADÉMICO. ESPERO SUS COMENTARIOS…

A través de estas paginas el lector encontrará lo que a priori es la historia del viaje diario hacia el trabajo, pero que en realidad es un sinfín de historias y acontecimientos que se suceden en paralelo, y algunas, hasta llegan a entrelazarse

POR FEDERICO CIONI

8 am. El colectivo de la empresa Etacer con destino a Paraná abandona el andén número 4 de la Estación Terminal de Ómnibus de la Ciudad de Santa Fe. En 10 minutos, “El superbajo” (apodo que viene dado por la carrocería de estilo Low Flow que la empresa Ersa Urbano adquirió recientemente para la lenta pero eficaz renovación de su flota) llegará a la transitada intersección de las calles Junín y 25 de Mayo. En esos momentos aún me encuentro en otro ómnibus, el urbano, que mas por fiaca que por necesidad utilizo todas las mañanas para llegarme a la mencionada (y repito transitada) intersección de las calles Junín y 25 de Mayo. “El 8” de la empresa Transporte San Gerónimo SRL va completo pero ligero. Un pesado pié derecho del chofer de turno nos hace llegar a todos a horario. Tras viajar 10 minutos parado y recordar el por qué de la expresión de agobio del ganado vacuno al viajar apretujado en el camión jaula (creo firmemente que sus caras tristes se debe a que viajan incomodas, y no porque van al matadero) hago uso del timbre naranja que con sonido sordo hace saber al chofer que la hora de mi descenso ha llegado. Bajo del colectivo y raudamente, giro mi cabeza sobre mi hombro derecho, casi de modo reflejo, para asegurarme que “el superbajo” no esté arribando. Por suerte, la puntualidad no es dogma en los choferes de la empresa Etacer, cosa que hoy jueves 29 de abril de 2010 me alegra, ya que de otro modo hubiese perdido el colectivo y llegado tarde a la vecina provincia.

8:15. A lo lejos se vislumbra la llegada del ómnibus de la empresa Etacer, razón por la cual tomo mi billetera y atino a sacar el monto necesario para abonar el boleto. $3.25 es el precio que debe pagar un estudiante para cruzar de provincia, y $4 aquél que no lo sea. Alzo mi brazo derecho para detener a la manera de un superhéroe de comic (mi niño interior así me lo hace creer) el ómnibus. Acceder a él es sencillo, por aquella característica de la que hablaba antes de ser “superbajo”, la cual le permite a uno subir con mínimo esfuerzo y sin tener que subir ningún escalón (virtud que agradecen los pasajeros de la tercera edad)

Entrego en mano al chofer, quien cordialmente me saluda augurándome un buen día, el monto del boleto. Como un malabarista entrenado, el experimentado conductor agarra el dinero, corta el troquel y me entrega el boleto rosado (diferenciándose del de color celeste, que se entrega a quienes no peticionan el boleto estudiantil), todo eso sin dejar de prestar atención al abultado tránsito mañanero de la recoleta santafesina.

Guardo el boleto y emprendo el camino por el largo pasillo del bus, el cual me lleva hacia ese cómodo asiento que será mi compañera durante los próximos 40 minutos. 10, 15, 20 pasos luego me encuentro con él y logro al fin sentarme. El viaje comienza.

08.20. El colectivo sigue su camino, colmándose de personas y personajes. El estudiante, el abogado, la secretaria del abogado, el amigo del chofer y hasta el florista, quien muñido de su mercadería, trae primaveras en pleno otoño; todos suben, todos tenemos el mismo destino (al menos en el tiempo que dure el viaje): la vecina provincia de Entre Ríos.

El trayecto continúa. El superbajo llega al final del boulevard Galvez. Allí suben 5 estudiantes más, los últimos 5 en encontrar asientos libres. Rápidamente se desploman sobre ellos, y comienzan su viaje/siesta. Pienso en hacer lo mismo, pero aunque los parpados insistan en juntarse, hago fuerzas por prestar atención a mi entorno. Ya estamos todos, las puertas del ómnibus no volverán a abrirse.

Subimos sobre el puente Oroño, el que nos cruza hacia el otro lado de la Laguna Setúbal. Ya estamos sobre la ruta nacional 168, la que nos llevará casi en camino recto hacia Paraná. Sobre la ruta se ven distintos paisajes: por un lado la escandalosa pobreza que azota a gran parte de nuestra provincia; y por otra, un hermoso paisaje protagonizado por el colosal ascenso del sol sobre la tierra, haciendo destellar las gotas que aún quedan de entre los pastizales. Extraño contraste.

08.30. Me resulta difícil lograr el equilibrio entre mirar por la ventanilla o mirar el interior del ómnibus. Opto unos instantes por lo segundo, encontrándome con un pintoresco y a la vez gracioso paisaje. Una mujer, de entre unos 30 o 35 años, quien se hallaba sentada en uno de los asientos que van “a contramano” del resto, y por los que se siente ir viajando hacia atrás. No había notado su presencia hasta que su postura corporal, totalmente dormida y con su frente hacia arriba, dejaron caer su mandíbula, dejando entrever a toda los pasajeros que el sueño era profundo. Tan profundo era el sueño que en un movimiento, de esos que hacemos cuando el descanso domina nuestro cuerpo, sus lentes de sol se corrieron, quedando algo torcidos. Ya ven, a pesar de los que nos rodean, estamos solos en el “superbajo”.

Antes de que mi mueca de sonrisa se convierta en carcajada, decido observar el paisaje que me rodea por unos minutos…

08. 40. Llegando a uno de los numerosos arroyos que se cruzan durante el recorrido, caigo en la cuenta de que ese agua que hoy veo fue, un día como hoy (les recuerdo a los lectores que este viaje transcurrió en la mañana del 29 de abril de 2010) la misma que hace 7 años provocó una verdadera catástrofe en la ciudad de Santa Fe. Hablo de las inundaciones provocadas por el desborde del Rio Salado en el año 2003, la que dejó cuantiosos daños materiales e incluso víctimas fatales. Hoy ese arroyo, es el que simultáneamente hace las veces de memorándum de aquel horrible episodio y a la vez es el que corona un buen momento y un bello paisaje.

De repente y casi sin darme cuenta, el ómnibus ingresa en jurisdicción del túnel subfluvial, ese largo gusano que une la ciudad de Santa Fe con la ciudad de Paraná, en la vecina provincia de Entre Ríos. Peaje de por medio (el trámite para el que viaja en colectivo es sencillo, dado que abona el chofer a través del telepeaje, haciendo que el paso por la cabina de control sea rápido y que ni siquiera sea necesario detener la marcha) llegamos al túnel. En él, los ruidos se minimizan y el frío se hace sentir. Es increíble como esa ruta subacuática, 4 metros debajo del nivel del agua, sea la única vía de acceso que tienen los santafesinos y otros miles de camioneros que transportan mercadería en todo el Mercosur, para ingresar a Entre Rios.

08.50 Llegamos a Paraná. El destino está cerca.

La ciudad, menor en cantidad de habitantes y en extensión, me abre sus puertas. El tráfico es denso, por lo que el colectivo demora su ingreso hacia la av. Ramírez, una de las arterias principales.

Ya por calle Rioja los pasajeros comienzan a descender. Algunos hacia su trabajo, otros hacia la Universidad Nacional de Entre Ríos. Al igual que al comienzo, el chofer saluda a todos por igual con un “hasta la próxima” de voz monótona, como salida de una radiograbadora (por monótona no entendamos poco cordial)

El ómnibus llega a calle Urquiza, más precisamente a la plaza de los bomberos, rápidamente me pongo de pie y comienzo el camino por el pasillo central hasta la puerta de adelante. Esa es mi parada. Aquí los dejo.

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mayo 9, 2010 at 5:00 pm 1 comentario


Federico Cioni

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